EL PEOR VIAJE DE MI VIDA

La última ganadora nos invita a hacer las maletas y a prepararnos para despegar en un viaje hacia la aventura de la imaginación, cruzando fronteras y animándonos a buscar en el recuerdo o la ficción EL PEOR VIAJE DE MI VIDA. Este es el tema que nos hará navegar por la comicidad o por lo trágico según el tono que cada uno le quiera dar.

Como siempre sumamos propuestas, que no son limitantes sino orientadoras:

  • Viajes en familia
  • Con mascotas
  • De migración
  • Fantasiosos como intergalacticos
  • Con amores
  • En soledad
  • Mochileando
  • De negocios o estudio
  • De excursión o exóticos

En la edición anterior los participantes se manifestaron satisfechos con la colaboración de un experto que sumó indicaciones a cada uno de los trabajos desde lo constructivo y creativo, por eso nos parece importante continuar con este aporte que nos suma.

El plazo de entrega de los relatos es del 26/06 al 11/07 inclusive.

La votación es del 12/07 al 13/07 inclusive.

Leer las bases en http://www.viajeronomarioneta.com/cuentos-en-cuarentena/

IMPORTANTE!!!!! Decidimos ampliar el máximo de palabras, llevándolo a 800, recuerden que para el lector se le suma más material para disfrutar y votar.

Ya tenemos foro!!!!!

Te invitamos a participar para dudas sugerencias, hablar del tema, recomendaciones….!!!!

RELATOS

1- CANTOS DE SIRENA

Marisa y yo nunca fuimos tradicionales para los viajes, ir Punta Cana o Benidorm  jamás nos sedujo, somos aventureros, buscamos vacaciones auténticas.

Era el sueño de nuestra vida, navegar en un velero lejos de tierra, viendo los días pasar a través de la inmensidad del océano. Las noches en cubierta con una copa de vino brindando con la luna.

Ahorramos durante cinco años y al fin lo conseguimos. Travesía de  Barcelona a Lisboa, quince días, sin escalas, con un capitán y dos  marineros. Camarote de popa para mayor intimidad. ¡Qué felicidad!  Seríamos testigos de la fusión del Mediterráneo con el océano, saludaríamos dos continentes.

Mi entrada al velero fue patética, me caí todo lo que soy de largo. Ponerse en pie no era fácil teniendo en cuenta que el suelo se movía de forma caprichosa. Las pastillas antimareo que nos recomendaron no conseguían pararlo.  

El primer día fue agotador, nos golpeamos en todos los muebles, nuestras cosas rodaban por el suelo, me sentía como en la peor de mis borracheras. Hasta me oriné el bañador en una ocasión, incapaz de controlar mi cuerpo.

Las mañanas no se parecían nada a lo soñado, si queríamos subir a cubierta debíamos llevar arnés de seguridad y chaleco salvavidas. El arnés siempre sujeto por un mosquetón a la línea de vida, tiene guasa, atados a la línea de vida. Hamacas sí había pero tomar el sol con arnés no es agradable. Los baños con chaleco nada románticos.

Con tanta complicación donde mejor nos encontrábamos era en el camarote. Así iban pasando los días, lamentando no haber llevado la baraja para echar una brisca.

Las noches no eran mejores. Me revolvía agitado creyendo estar tendido sobre una ballena, sentía su respiración bajo mi cuerpo. Siempre la misma pesadilla. Mis gritos despertaban a la pobre Marisa que ya no podía conciliar el sueño de nuevo. Y así una noche tras otra. Jamás habíamos llevado una vida tan monótona.

Procurábamos ser  obedientes y no mostrar en público nuestra inquietud pero ellos lo sabían. Un día nos sinceramos:

  • Tomar el sol es muy incómodo,  el mosquetón se me clava en la barriga. Me está haciendo herida. Los días parecen años, a Marisa el vino le tiraba de la lengua
  • Nos está costando un poco adaptarnos pero estamos seguros de que una vez en tierra vamos a echarlo de menos, yo era más diplomático
  • Ustedes contrataron una travesía no un tour de placer, en ese caso hubiéramos elegido fondeaderos en el Mediterráneo.

Nos consolábamos pensando que en Gibraltar sería diferente, atravesaríamos las Columnas de  Hércules, el fin del mundo griego, como héroes clásicos.

Entrar en el estrecho de Gibraltar en velero es como caminar por la Quinta Avenida de Nueva York en pleno terremoto, te encuentras entre rascacielos que se balancean en bloque amenazando con caer sobre ti. Lejos de ser una frontera  idílica, el estrecho es una autopista de cargueros con varias alturas de contenedores sujetos entre sí no se sabe cómo. Allí deposité mi primera vomitona, creo que fue más por miedo que por mareo.

Adormilados en la cama, bien entrada la noche, de repente oímos un ruido de motor acercarse y gritos en cubierta. Nos levantamos apresurados y sacando medio cuerpo por la escotilla distinguimos las primeras palabras ¡¡nos siguen, rumbo de colisión!!

Hechos un nudo entre los peldaños de la escalera, nos fundimos en un abrazo con olor a despedida. Los narcos echarían nuestros cuerpos al mar para no dejar testigos. Con el rostro de mi madre en la retina  escuché

– Tranquilos, Guardia Civil. Mantenga el rumbo y la velocidad, le vamos a abordar

Ningún te quiero que me hayan dicho en la vida pudo emocionarme  tanto como esas palabras. Ahora el abrazo era de esperanza

¡Qué ilusos fuimos! , la Guardia Civil no quiso hacerse cargo de nosotros ni pagando.

– Deben continuar con su capitán. Si quieren desembarcar pueden pedir entrada a puerto.

No somos de montar escándalos. Además sentimos vergüenza por lo que acabábamos de hacer, intentar escapar del velero como si estuviéramos secuestrados. Pedimos disculpas con la determinación de aguantar hasta Lisboa sin rechistar.

Al día siguiente se desató una tormenta seca. Todo lo vivido anteriormente resultó ser una cándida aventura. Tras dos días y dos noches al pairo exigimos entrar en Cádiz. Allí les dimos las gracias por sus servicios. Un taxista muy simpático, encantado con su suerte, nos acercó al pueblo.

De esta tormenta nunca hemos hablado. El psicólogo dice que nuestro trauma desaparecerá el día que lo verbalicemos. Entonces podremos volver a salir de Alcubierre.

Yo creo que ya estamos curados pero no hablamos de ese infierno por miedo a que se cumpla su pronóstico. Nos encontramos muy bien aquí. Vacaciones más auténticas que en tu propio pueblo no pueden existir.

2- BIODRAMINA

Por fin he conseguido el pasaje, estoy deseando que llegue el lunes. Hablo con mi hermano que me espera en Sevilla y se alegra un montón, me espera ansiosamente, me dice – suerte hermano- y noto su emoción.

El capitán nos recibe al subir a bordo, no me da buen rollo, ¿Dónde se ve a un capitán sin su típico gorro con visera? De hecho, va con gafas de sol y no se le ve muy amable, más bien nos apremia a subir, parece que tiene prisa.

¿Pero es que no hay límite de aforo aquí? Vamos como el doble de los que deberíamos ir para viajar cómodos. Pues, pienso quejarme, que mi pasaje no ha sido nada barato.

Menos mal que llevo una manzana en mi mochila, pues el servicio deja mucho que desear y no parece que nadie tenga intención de darnos de comer.

Lo mejor es el olor a mar, el aire marino impregnándolo todo, la sensación de libertad y la visión de la proa marcando sin ningún genero de dudas el destino, mi destino.

Para un chaval como yo, que nunca ha visto el mar, esto es una experiencia tremenda, el mar es una frontera que nuestra proa abre como un cuchillo poderoso.

Me da mucha rabia que esto no se parezca a las películas en las que veía elegantes pasajeros en cruceros de lujo.

Lo que faltaba, empiezo a notar un volcán que emana desde mi estómago, sin saber qué relación tiene con esta erupción un sudor frio perla mi frente y mi cara imita la blancura de las olas que se empeñan en romper contra la quilla.

Biodramina, esa es mi tabla de salvación, no quise tomármela antes de embarcar desafiando a todos los que me lo recomendaron, posiblemente por desconfianza en un medicamento que suena como biodrama, no entendía que importa que el estómago suba y baje mecido por el mar, pero ahora me percato que, si bien la subida es progresiva, la caída es como descolgarse de una cornisa, de forma que la manzana ingerida unos minutos antes pugna por salir por la boca sin respetar los límites físicos de mi estómago. Pero, el principal problema es que no encuentro el servicio, no veo ninguna señal que indique donde dirigirme y si la biodramina no tiene un efecto inmediato, voy a tener un serio problema en este sitio tan atestado de gente.

De repente, noto una fría humedad en todo mi cuerpo, engullido por el mar que ha ganado la partida a un barco que he perdido de vista, ya no veo la proa, ¿Es algo premonitorio? ¿Significa que he perdido mi destino?

En mi cabeza miles de fríos alfileres se ensartan en mi piel y me mantienen más despierto que nunca. Es como una epifanía, un golpe de consciencia tremenda me hace recordar toda mi vida, todos mis seres queridos, todos mis proyectos.

Mi ficción de turista de viaje de ocio se ahoga. Biodramina o biodrama. Mi moneda nunca ha tenido cara.

Se combina la quietud de una fría placenta que me envuelve en su seno, con la bocanada de aire que recojo ansiosamente de este parto invertido, vuelvo a la placenta que me reclama, una bocanada más de cielo abierto, me quedo en la placenta para siempre y entiendo, de repente, las palabras de Abdel, ahora me suenan completamente diferentes – suerte hermano – me dijo. Me da tiempo a pensar que ya no podré reclamar los derechos que me asisten al comprar un pasaje tan, tan caro.

¿Mar, para que engulles estos cuerpos llenos de esperanza si después los escupes miserablemente en la playa?

3-CAMBIO DE PLANES

Hacía varios años que José y yo planeábamos un viaje a Uruguay.  Punta del Este, sus playas con y sin olas, La Barra de Maldonado, José Ignacio, la isla Gorriti, soñado, lo creíamos inaccesible.  Tenemos tres hijos adolescentes, Juan 10 años, María y Clara de 12 y 14 años respectivamente y Manchita la mascota.

Realmente la ilusión del viaje a fuerza de puro sacrificio fue casi alcanzar un objetivo.  Nuestros hijos parecían desorientados, ¿por qué no Miramar?  Pensaban pasarlo con chicos de su edad, como cada año.  Las familias nos conocíamos por alojarnos en el mismo edificio o muy cerca, los cordobeses y sus chicos, los López de Lomas de Zamora y otros amigos que llegaban para la misma fecha de otros sitios. Claro que era un cambio y las quejas en la familia se multiplicaban. ¿Acaso no disfrutábamos de cenar con amigos en la peatonal, mientras ellos se reunían y no sólo compartían comidas rápidas, sino que iban y venían entre la gente, organizaban sus salidas y regresaban respetando ciertos horarios a casa? No podían creer que los padres eligieran otro lugar por lindo que fuera, sin sus afectos de cada verano, casi casi nos convencen. Finalmente, algo pasó, dejaron de lado sus requerimientos y decidieron por nuestra opción.

Tal vez no era tan feo, quizás hallaran nuevos amigos, dijeron.  Adolescentes al fin, un ir y venir de ideas.

José y yo pensábamos que tal vez fuera nuestra última posibilidad de disfrutarlos en familia ya que el reloj de la humanidad no se detiene e irremediablemente su segundero marcaría la hora en que los pichones se irían independizando.

Decidimos por cuestiones económicas utilizar nuestro auto, tenía buen baúl y podíamos viajar cómodos.  Lo pusimos en condiciones, tomamos todos los recaudos del caso, taller para revisión, papeles al día, seguro, etc. Ya el ambiente se palpaba, buscábamos rutas, lugares a conocer en el camino, parajes. Dejamos para comprar allá las reposeras, heladerita, sombrilla y sólo cargaríamos la ropa necesaria y a Manchita, ella sí llevaba sus provisiones.

Cruzamos muy temprano los puentes de Zárate Brazo Largo, y tomamos la ruta 14, unos cuantos kilómetros por Entre Ríos hasta Gualeguaychú para llegar a través del puente Libertador General San Martín hasta Fray Bentos Uruguay, de allí haríamos parada en Colonia del Sacramento y recorreríamos sus calles empedradas, su mucha historia para después seguir nuestro camino por la ruta 1.

Ya en viaje los chicos usaban sus auriculares, de a ratos coincidían en algún tema y cantaban, la perrita feliz entre ellos y José y yo sonreíamos, nos gustaba estar en familia, disfrutando, escuchábamos la radio, a nuestros hijos, se notaban entusiasmados.   Por las ventanillas veíamos espejos de agua a la orilla del camino, cruzamos pequeños puentecitos donde pasaban arroyos cada uno con su nombre, en su recorrido hacia el Río Paraná.  

 De pronto descendió una espesa niebla, supusimos debido a la mucha humedad en la tarde, encendimos balizas y disminuimos la velocidad, sin darnos cuenta, sin poder prevenirlo un caballo cruzó frente a nuestro auto y colisionamos, dimos dos vuelcos, se abrieron las bolsas de contención. Los gritos fueron tremendos, José inconsciente. Debía sobreponerme al shock, los chicos con golpes, los abracé muy fuerte, sentía mi cuerpo quemado, raspado, Juan me abrazaba, sangraba en un brazo.

Aquello fue dolor, impotencia, la desesperación me ocupaba y asaltaba cada instante. Las chicas lloraban, estaban golpeadas y el miedo nos había tomado, sorprendido, herido.   Todo pasó con celeridad, la ambulancia nos trasladó a Gualeguaychú, José fue diagnosticado con parálisis facial debido al estrés del choque, los médicos aseguraron que es recuperable luego de un tiempo y tratamiento en Buenos Aires, los chicos y yo raspones y miedo.   Regresamos sin Manchita, ella dejó su vida que es también un poco la nuestra, en el camino. Sin duda el peor viaje de mi vida.

4- GOMITAS DE COLORES


Había quedado como barca a la deriva. Sin auto, paro de colectivos de larga distancia y
mañana lunes, el ingreso a la facultad, panorama negro para quién inicia una nueva vida.
Luego de frustradas llamadas e intentos fallidos, la luz, la familia García Ortega viajaba a
capital, Roberto, Letizia y Ramón, no los conocía pero no me importaba, tenía un solo
objetivo que alcanzar y esperaba que ese tal Ramón durmiera todo el viaje, se enchufara
los auriculares o por lo menos fuera guapo.
Me pasaron a buscar a las seis en punto en un Honda negro espectacular, en cuatro horas
llegaríamos a destino. Cargué mi abultado bolso en el asiento trasero y cuando me siento
en la única butaca disponible sorpresa!, el tal Ramón era un perro chiguagua en su jaula de
viaje. Lo saludé con la voz boba de quién le habla a un bebé y me respondió con un
gruñido. Insistí con una caricia y mostrándome sus dientes como agujas hipodérmicas me
tiró un tarascón.Con Ramón no se jode.
Con cada movimiento o un simple parpadeo me gruñía, por lo visto no congeniamos. Saqué
de mi bolso unas gomitas de colores y se las fui dando de a poco. Gomita, gruñido, gomita,
gruñido hasta que los dos caímos en un sueño profundo.
Me desperté sobresaltada, sobre mi campera nadaban las gomitas de colores sobre un
líquido viscoso Ramón había vomitado. Lo miré y caí en el espanto, estaba tieso, parecía
una rata, un murciélago luego del control de plagas.
Letizia, que no se había percatado de mi presencia en todo el viaje y quizás respondiendo al
llamado que aparece como un cosquilleo en el estómago cuando algo huele mal giró su
cabeza y ante tan inesperada visión le pidió a Roberto que parara en la banquina. En vano
fueron todos los esfuerzos y plegarias, Ramón no despertaba.
Poniendo en marcha todas las bondades de un auto de alta gama, en un suspiro llegamos
a Montes y de allí a la veterinaria. Demás está decir que oculté la prueba del funesto
desenlace, y luego de una noche en vela en la sala de espera y dos bolsas de suero Ramón
despertó.
Perdí mi ingreso a la facultad y debí tramitar una segunda oportunidad, fue peor viaje de mi
vida, pero ahora sí, armada hasta los dientes, con una visión más realista y sabiendo que
con los “ramones” no se jode, estaba preparada para enfrentar esta nueva etapa.

5- UNA NUEVA OPORTUNIDAD

     El aire olía a azahares. Al cobijo del frondoso árbol, los tres nietos aguardaban con anhelo las palabras de su abuela Blanca.

     – «¡Hola, mis pequeños!» habló la anciana. «¿Preparados para escuchar una de mis historias? Esta vez, les voy a contar un acontecimiento de mi vida que sucedió hace muchos años y que, puedo asegurarles, lo recuerdo como el peor viaje de mi vida».

     Los pequeños comenzaron a exclamar entusiasmados, esperando ansiosos escuchar esta historia de aventuras.

     – «¡Shhh! ¡Silencio! A escuchar…»

     -«Todo comenzó con Tor, su abuelito, al que ustedes no llegaron a conocer. Mi apuesto y aventurero Tor. Yo era una joven muy tranquila, de hábitos más bien sencillos y apacibles. Me gustaba deambular y dejarme llevar por la curiosidad, pero mi vida era algo monótona. Hasta que conocí a Tor y quedé completamente eclipsada por su arrolladora personalidad. Hermoso como pocos, gallardo, varonil, fue sólo verlo y caer rendida de amor. Imposible no ceder a sus encantos. Y él también se enamoró de mí que, así como me ven ahora ya mayorcita, en mis años mozos supe ser dueña de un porte muy agraciado.  El día que nos conocimos, bastó mirarnos para saber con certeza que la vida nos había unido para siempre.

     Hermoso fue nuestro romance, éramos compañeros y compartíamos muchas y variadas actividades ; lo que más disfrutábamos era subir hasta la copa de los árboles más altos. Amábamos mucho la altura y reposar tranquilos allí arriba, sabiendo que nadie vendría a molestarnos. Disfrutábamos de contemplar el vasto panorama desde nuestro refugio, los dos juntos, en silencio.

     Pero un día, Tor llegó con una novedad. Traía una invitación para una excursión en barco, exclusiva para parejas. Sinceramente, esta invitación mucho no me atrajo. Pensar en los vaivenes del agua no me resultaba agradable ni me hacía sentir muy cómoda.

     Al principio, rechacé la propuesta pero, al ver el entusiasmo de Tor y pensar que, tal vez, alguien tan intrépido y aventurero como él podría estar necesitando un poco más de acción en su vida, finalmente terminé aceptando la invitación. Decidí que nada malo podría suceder y hasta, quizás, me divertiría. ¡Ay, pequeños! Cuán equivocada estaba!

     Lo primero que noté, con mucho disgusto, fue que el barco estaba muy repleto. No había espacio para estar tranquilos o disfrutar un momento de intimidad. Traté de pensar en positivo y enfocarme en lo más lindo de esta experiencia: conocernos entre todos y sorpendernos con anécdotas graciosas y estilos de vida diferentes.

     A los pocos días de iniciado el viaje, comenzó a escasear la comida. Este hecho en sí, no era muy preocupante para mí porque siempre he sido muy frugal en mi alimentación,  pero esta situación alteraba a muchos pasajeros y comenzaron las agresiones entre ellos.

     Para completar este nefasto panorama, comenzó a llover. Lluvia suave primero, truenos, relámpagos, rayos… hasta convertirse en intensa tormenta que en nada contribuía a calmar los alterados ánimos de los pasajeros.

     A partir de ese momento, ya nada fue igual. ¡Qué travesía tan espantosa! Todos amontonados adentro del barco. El Capitán quería imponer orden pero, entre tantos pasajeros malhumorados, no lo conseguía.  Lo que comenzó como una aventura romántica, se estaba convirtiendo en un viaje de absoluto terror. Dentro del barco también entraba agua y mi cuerpo mojado no podía reponerse; aunque me mantenía pegada a Tor, no alcanzaba a entrar en calor.

     Finalmente, un día cesó la lluvia y salió el sol. ¡Ah! ¡Qué hermosa sensación poder sacudirnos la lluvia de encima, por fin! El sol trajo tranquilidad y mejoró el ánimo de todos. Pudimos pasear nuevamente por el barco y eso nos ayudó a confraternizar y hacer amistades nuevas.

     Pero los días transcurrían y nos dimos cuenta que no llegábamos a ningún puerto, sólo agua veíamos a nuestro alrededor. Eso nos fue llenando de temor y, nuevamente, los ánimos comenzaron a decaer. Muchos compañeros volvieron a ponerse nerviosos y a atacarse unos a otros por cualquier excusa. Para completar el oscuro panorama, la alimentación era ya casi inexistente.

     Hasta que un hermoso día soleado, el Capitán me llamó y me encomendó una misión para ayudar a todos: debía abandonar el barco y cuando hallara tierra firme, traer una ramita en mi pico.  Me asombré y asusté ante semejante pedido.  Pensé que era una tarea más indicada para Tor, tan intrépido y aventurero, pero el Capitán insistió en que yo era la elegida para la audaz y salvadora misión. Así que tomé fuerzas, extendí completamente mis alas blancas y salí volando del Arca, acompañada por los aplausos de todos mis compañeros de viaje, especialmente de Tor y de Noé, el Capitán.

     Y así fue como  me transformé, de pequeña paloma,  a la heroína de todos. Y lo que sucedió a partir de allí, mis amados pequeñuelos, ya es historia para un próximo cuento.

6-EN EL RECUERDO

“Apurate Manuel” me dijo mi mamá aquella tarde, “la tía y los chicos nos están esperando”. Busqué mi  mochila que ya la tenía lista y salimos caminando. Era un día de otoño fresco y soleado y mi entusiasmo iba en aumento a medida que nos acercábamos. De lejos vi a mis primos que me hacían señas para que me apurase, el auto nos estaba esperando. Salí corriendo y llegué justo a tiempo para subirme y arrancamos.

“Pónganse los cinturones que vamos a ir rápido” dijo mi primo Pedro que manejaba. Yo miraba entretenido el paisaje que circulaba a mí alrededor, mientras el viento me golpeaba la cara y sonaba a todo volumen la música de la radio.

Todo sucedió tan rápido que no recuerdo exactamente cómo empezó.

Primero sentí una fuerza que me sacaba fuera del coche y que mi corazón latía al ritmo de un galope alocado, mientras veía pasar en cámara lenta imágenes de árboles, de luces de colores, de trozos de cielo,  de nubes, de cuerpos que flotaban alrededor mío.

Ya no oía la música sino gritos que se confundían en una especie de ruido estridente, entonces  otro sacudón me empujó por los aires, perdí mi mochila, me aferré fuerte a lo que podía  y  luego comencé a caer en picada como en un vuelo vertiginoso. Yo quería detenerme, pararme, pero no podía, todo seguía dando vueltas y más vueltas.

En medio de ese torbellino escuché a lo lejos una voz familiar que me animaba, junté las  últimas fuerzas que me quedaban, estiré mis brazos y la tomé fuerte.

Lentamente todo pareció aquietarse y sentí unos brazos conocidos que me sujetaban, mientras veía a mi mamá que con cara de preocupación me decía “ Estás bien hijo? ¡Qué ocurrencia la tuya pasarte del auto al caballo y terminar en el avioncito. Pero al final alcanzaste la sortija!”

Todavía mareado, caminé lentamente a recibir mi premio, un montón de golosinas que guardé emocionado en la mochila, que por suerte había recuperado, y el boleto para dar una segunda vuelta gratis.

“Subís?” me preguntó el calesitero. “No, lo dejo para otro día, estoy cansado”, le dije, no quería que se dieran cuenta que todavía me duraba el susto.

Han pasado muchos años y aún tengo presente aquel día. Vaya a saber qué impulso me llevó a hacerlo, pero esa experiencia la recuerdo como el peor viaje de mi vida!

Una respuesta a «EL PEOR VIAJE DE MI VIDA»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.